Un museo

Feb 20, 2017 | Cultura, Notas

Por Lala Pasquinelli *

La mayoría tiene entre 13 y 23 años.

Miro sus fotos en blanco y negro, tan jóvenes, tan hermosas. Algunas aparecen serias, graves. Alguna con el mentón elevado, como desafiando al mundo o a la cámara que la retrata, vaya a saber.

Alguna sonríe.

En estas fotos, en la mayoría de ellas, apenas resultan visibles sus cuerpos, aparece solo torsos y cabezas. Todas con sus cabellos oscuros, algunos trenzados, otros libres y removidos por el viento, otros que se escapan por el costado de sombreros y pañuelos. Los ojos también oscuros, más o menos rasgados. Todas, absolutamente todas están muertas.

Muchas murieron entre los 13 y los 23 años. Niñas muertas.

Sus fotos en blanco y negro están adheridas a unos paneles de acrílico de un rojo oscuro y transparente. Al lado de cada foto y en letras blancas, el nombre de cada una, y el año de su muerte junto a algunas palabras acerca de sus hazañas, de sus acciones heroicas; cantidad de prisioneros capturados, enemigos eliminados, aviones derribados, y así.

Me detengo ante una foto que me llama la atención, una mujer madura, su cabello es corto viste uniforme militar, su mirada es dura. Leo, fue integrante del servicio secreto, espía, se movía por las ciudades haciéndose pasar por vendedora callejera. Me trae el recuerdo de Kim, el personaje de Kipling, la realidad siempre supera a la ficción. Me la imagino como tantas vendedoras de las calles de Hanoi o Ho Chi Minh, doblada por el peso de sus mercancías, moviéndose silenciosamente por la ciudad, guardando secretos, disfrazándose.

Sigo mirando, algunas fueron oficiales en los escuadrones de mujeres, lideraron movimientos, guerrillas, acciones y revueltas. Algunas fueron fusiladas, otras detenidas, torturadas y asesinadas, otras murieron en combate. También hay imágenes de las madres heroicas de Vietnam, así las llaman, son mujeres que cuidaban a los soldados, los alimentaban, los curaban, “reponían” su fuerza.

No fui ni voy a ir a ningún museo de la guerra en Vietnam. No quiero, no me hace falta ver para sentir el horror, la crueldad y el dolor. Tres millones de seres humanos muertos a manos de otros cincuenta y pico mil, una herida infinita que se siente.

No voy a ir a ningún museo de la guerra pero este es el Museo de la Mujer Vietnamita, piso tercero, y acá estoy mirando las fotos de todas y cada una de estas mujeres. Había leído sobre esto, y sobre ellas. Ellas y la guerra, ellas y la revolución, ellas y su fuerza, su coraje, su valor. Mantuvieron los cultivos que alimentaron a la población y al ejército, fueron soldados, enfermeras, espías, y lo que hubiera que ser. Fueron madres y abuelas de la guerra también, perdieron hijos, maridos, nietos. También hay fotos de ellas. Una perdió a sus siete hijos en la guerra. El gobierno les entregó una pensión y un reconocimiento, pero muchas ya estaban muertas. ¿Quién sobrevive a tanto dolor?

Otras, muchas, cientos de miles de mujeres, -sus fotos no están acá-, permanecieron en el sur ocupado, colonizado. Fueron obligadas a prostituirse para “saciar” el apetito de los soldados norteamericanos, muchas de ellas se rebelaron y se unieron a las fuerzas del Vietcong. Suena lógico. Me recuerda a las mujeres en Siria que elijen el suicidio para no ser violadas.

Otras muchas, mujeres y niñas que quedaban en las aldeas del Norte fueron violadas en grupo, torturadas y asesinadas por los soldados norteamericanos como una forma de dar rienda suelta a la impotencia de encontrar las aldeas vacias de hombres. Este no es un museo de la guerra es un museo de la historia de las mujeres donde sea que estemos.

Y mientas miro estas fotos, y el cuerpo se me tensa, me aparecen recuerdos, imágenes de estos días, las mujeres de las montañas del norte. Mujeres que aran la tierra, que la siembran y la cosechan, que cargan lo que sea sobre sus espaldas, que parten piedras a mazasos, que paren y crian hijos, que cuidan animales, juntan leña, hacen fuego, cocinan, construyen casas, hilan y tejen la lana y la caña, mujeres fuertes, como estas mismas mujeres que probablemente lleven la misma sangre.

Tengo un límite de comprensión, no entiendo. Nunca voy a entender porqué, acá, allá o donde sea, alguien puede decidir que yo y vos que nunca nos vimos la cara, somos enemigos y tenemos que matarnos. No entiendo, no acepto, no voy a aceptar nunca, que la vida de un ser humano tenga un valor igual o menor al de una idea, un pedazo de tierra. La vida de los seres humanos es sagrada, de toda sacralidad, nuestros cuerpos, su integridad, nuestra libertad, y nuestros derechos. Me abruma, la locura de la guerra, me llena de dolor, me excede, no lo puedo sostener.

Y acá, en Vietnam hay mucho de celebrar la valentía de la resistencia al enemigo, a todos los enemigos, a cualquiera de ellos, al invasor Chino, Francés y Norteamericano. Hay un orgullo profundo de la victoria pírrica de la guerra de Vietnam. Me conmueve al mismo tiempo que me espanta. Me conmueve lo humano en lo heroico, me espanta la crueldad y el sinsentido que encierra lo heroico a veces o siempre. Algo de lo sin salida, algo de blanco o negro que no comprendo, algo de todo o nada, algo de que la vida es nada.

Sigo mirando estas fotos, leyendo estas breves historias. Debajo de la placa roja de acrílico desde la que algunas sonríen hay objetos, no me había dado cuenta hasta este momento en el que algo me convoca desde más abajo. Es un reloj, un pequeño y sencillo reloj, un reloj de pulsera, a cuerda. Un reloj como el que usaba mi madre de joven. Es un reloj de mujer, tiene malla de acero, es de los que no tienen números sino palitos plateados; un fondo verdoso y ese cuadradito donde aparecen en una ruedita los números del 1 al 31. Y es en este momento y delante de este reloj donde algo se rompe, algo que es como una vaya de contención o como una represa, se rompe. Y ese reloj, simple, viejo, es una trompada en el estómago, es una piña en el pecho, es un dolor infinito de útero, de ovarios de cuerpo, de alma, de vida. Me deja inmóvil, no puedo evitarlo, las lágrimas saltan inmediatas, repentinas, me quedo mirando ese reloj chiquito, y esa foto.

 

* Lala Pasquinelli es artista visual y fundó un proyecto que se llama Mujeres que no fueron tapa.

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