Por Natsumi Shokida
Estamos a casi cuarenta años de la primera edición del Encuentro, que no solo es el evento anual feminista más masivo de la Argentina sino que es también una de las experiencias de autoorganización política más singulares de nuestra historia reciente. Sin embargo, mientras su potencia organizativa crece y se transforma, su memoria colectiva permanece dispersa. ¿Cómo se construye la historia de un movimiento que se define por su horizontalidad, su carácter autogestivo y su renovación permanente? Esta nota se propone recorrer qué es el Encuentro, por qué ha sido central para los feminismos argentinos y por qué hoy se vuelve urgente discutir cómo preservar y democratizar su memoria.
Una experiencia única en el mundo
Lo que en 1986 comenzó como “Encuentro Nacional de Mujeres” hoy se llama “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianxs, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersex y No Binaries”. La evolución del nombre no es un mero detalle nominal: condensa décadas de debates, ampliaciones y disputas al interior de los feminismos desde la recuperación democrática. Es la huella de un espacio que se fue interpelando a sí mismo para, por un lado, reconocer a sujetas históricamente presentes en los movimientos feministas y en el propio Encuentro, y por otro, abrir la puerta a nuevas identidades y experiencias.
La incorporación del carácter plurinacional reconoce que estos encuentros se realizan en territorios originalmente apropiados de los pueblos originarios, y visibiliza tanto la participación de esas comunidades como la de migrantes. Asimismo, si el Encuentro comenzó como un espacio de mujeres cis, hoy asume la diversidad de identidades que componen los feminismos; podría decirse que convoca a todas las identidades que no son los varones cis.
Esa amplitud se expresa también en su composición social: cada año confluyen trabajadorxs formales e informales, sindicalistas, militantes de organizaciones políticas, habitantes de grandes ciudades y de pueblos pequeños, trabajadoras rurales y campesinas, estudiantes, migrantes, activistas ambientalistas, trabajadoras de casas particulares, amas de casa, participantes de asambleas barriales, cooperativas, grupos de amigues y familias. En un contexto atravesado por la fragmentación y la profundización de las desigualdades, uno de los mayores esfuerzos de diálogo interseccional tiene lugar, precisamente, en el Encuentro.
Cada edición se realiza en una ciudad distinta. El federalismo no es un eslogan sino un principio organizativo: se ocupan escuelas y clubes para los talleres y también para el alojamiento, se colman plazas, se organizan festivales y se marcha en una movilización central que irrumpe en el espacio público local y recorre la ciudad. Esa presencia masiva interpela a comunidades no siempre habituadas a una expresión feminista de tal magnitud.
Una historia que comenzó en 1986
En noviembre de 2025 se realizó en Corrientes el 38° Encuentro. En el taller “Historia de los Encuentros, impactos, proyecciones” participó Nina Brugo, referente de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, quien ha asistido todos los Encuentros desde 1986.
Nina recuerda que en el primero, realizado en la Ciudad de Buenos Aires en el Centro Cultural San Martín, participaron alrededor de mil personas de distintas provincias, principalmente mujeres vinculadas a la política y al sindicalismo, superando ampliamente las expectativas. Esa primera edición ya era un signo de época. Si durante la dictadura el feminismo se había replegado en una suerte de cultura de catacumbas, con la recuperación democrática las mujeres habían conquistado la patria potestad compartida y discutían el derecho al divorcio. El aborto aún era un tema tabú —aunque se hablaba de anticoncepción—, pero comenzaba a emerger un clima de mayor libertad.
Según Nina, esa libertad se expresaba en frases que hoy resultan elocuentes: “qué hermoso estar acá y que no esté mi marido ninguneando lo que digo”. Lo que estaba pensado como un encuentro único tuvo que continuar: el entusiasmo generado entre las participantes expresaba, en realidad, una necesidad de época.
Junto a las históricas están también quienes se suman por primera vez. Es habitual que, cuando alguien se presenta en un taller y cuenta que está viviendo su primer Encuentro, reciba un aplauso que se parece al de la primera vez que votamos. Cada año, miles, decenas de miles y, en ocasiones, cientos de miles de personas se reúnen en distintas ciudades del país.
Cómo se organiza una conversación enorme
La organización es autogestiva y rotativa: cada año, una comisión organizadora local asume la tarea de garantizar la logística. No existe una estructura central permanente que dirija el proceso.
Pero estas características también traen desafíos. ¿Cómo se elige la próxima sede? El Encuentro de este año se realizará en Córdoba, aunque también hubo una fuerte presión para que volviera a realizarse en la Ciudad de Buenos Aires, con la posibilidad de marchar hacia el centro del poder político nacional, algo que no sucede desde 1996. Hasta ahora, la decisión se resolvió mediante un “aplausómetro” en el acto de cierre: una suerte de competencia en la que las delegaciones de las ciudades postuladas buscan hacer el mayor ruido posible para expresar su apoyo.
Este mecanismo, sin embargo, abre interrogantes. El acto de cierre suele realizarse el último día, cuando muchas participantes ya no están porque muchas regresan a sus provincias por cuestiones laborales, económicas o de cuidado. Además, el aplausómetro no conserva necesariamente el espíritu de construcción por consenso que caracteriza a los talleres, ni constituye un método claro o cuantificable como forma de votación. Tampoco contempla la voz de quienes podrían querer participar del Encuentro al año siguiente pero que, justamente, no pudieron asistir a la edición en la que se define la sede.
En los últimos años creció la demanda por explorar métodos más transparentes y participativos. En un contexto atravesado por nuevas tecnologías y por las posibilidades del ciberactivismo feminista, surgen preguntas abiertas: ¿podrían las herramientas digitales permitir instancias más amplias de consulta o votación sin desdibujar el carácter federal del Encuentro? ¿Es posible ampliar la participación sin que mayorías concentradas en grandes centros urbanos condicionen la rotación territorial que ha sido una de sus mayores riquezas? La horizontalidad, uno de los pilares del Encuentro, no es un punto de llegada sino un proceso en disputa, y la forma de decidir también forma parte de esa discusión.
Los talleres como intervención política y expresión de épocas
En apenas un fin de semana largo se condensan agendas históricas y emergentes de reflexión, debate y lucha. No es una charla de café o una birra en la vereda, tampoco es una asamblea y, aunque tenga lugar en aulas, tampoco es una conferencia académica. Las conversaciones se organizan en decenas de talleres temáticos que constituyen, en sí mismos, una intervención colectiva en la coyuntura política.
Los temas y la cantidad de comisiones que se abren cada año reflejan la evolución de los debates dentro de los feminismos, pero también el contexto social y político en el que se desarrollan. Un simple vistazo al listado de talleres permite advertir conquistas, consensos alcanzados y urgencias persistentes.
Si en 1986 un taller de “Feminismo” buscaba definir al movimiento, hoy esa tarea se despliega de manera multidimensional en una amplia variedad de espacios. Hubo años en que el énfasis estuvo puesto en las violencias; otros en los que se instaló con fuerza la denuncia contra las redes de trata; a partir de los 2000, la lucha por el aborto legal cobró centralidad; y en años recientes maduraron los esfuerzos históricos por el reconocimiento de las identidades travestis y trans.
En algunos momentos, los talleres dedicados a discusiones teóricas desbordan de convocatoria, como si necesitáramos categorías para nombrar experiencias vividas colectivamente. En otros, las crisis nos empujan hacia espacios que permitan tejer lazos de solidaridad más inmediatos. Esto último pareció expresarse en Corrientes, donde los talleres sobre desocupación, precarización laboral, salud mental y activismos estuvieron completamente colmados.
En cada taller se toman notas, se discuten propuestas y se consensúan conclusiones. Algunas de esas síntesis se leen en el acto de cierre y, posteriormente, se elabora un documento que reúne los principales acuerdos del Encuentro.
La memoria dispersa de una experiencia masiva
Solemos dar por hecho que todo ese rastro —esas voces, debates, tensiones y consensos— debe estar resguardado en algún lugar. Y no es un detalle menor: se trata de una porción fundamental de la historia, no sólo del feminismo argentino sino de los feminismos contemporáneos en general.
Sin embargo, no existe una sede administrativa permanente, un archivo oficial ni una instancia centralizada que conserve de manera sistemática los documentos producidos a lo largo de casi cuatro décadas. La investigadora Fernanda Brigues, quien se propone avanzar en una recopilación histórica de los Encuentros, señala en diálogo con Ecofeminita que las mismas características que le dieron fuerza y continuidad al Encuentro —su autogestión, su autoconvocatoria, la ausencia de formalidad legal, el carácter rotativo de las comisiones organizadoras— son también las que vuelven más frágil su memoria.
Existen, por supuesto, trabajos que han acompañado y reconstruido la historia del Encuentro. Libros como Somos plurinacional: crónica de la transformación del Encuentro Nacional de Mujeres, de Cintia Mussolini, o Mujeres que se encuentran. Una recuperación histórica de los Encuentros Nacionales de Mujeres en Argentina (1986–2005), de Amanda Alma y Paula Lorenzo, ofrecen reconstrucciones valiosas de distintas etapas del proceso. Otros trabajos, como Historia de una desobediencia. Aborto y Feminismo, de Mabel Bellucci, o el artículo “Framing Abortion Rights in Argentina’s Encuentros Nacionales de Mujeres”, de Barbara Sutton y Elizabeth Borland, abordan de manera específica la lucha por el aborto legal a través de la lente de los Encuentros. Estas investigaciones constituyen aportes fundamentales para comprender su impacto político e histórico. Sin embargo, no sustituyen la existencia de un archivo sistemático y accesible que resguarde, de manera integral, las voces, documentos y debates producidos colectivamente a lo largo de casi cuatro décadas.
La potencia organizativa del Encuentro ha sido enorme; la institucionalización de su memoria, en cambio, sigue siendo una tarea pendiente.
Materializar archivo para contar nuestra historia
A cuarenta años del primer Encuentro, contamos con herramientas técnicas que permiten materializar y resguardar esa memoria colectiva. El 37° Encuentro, realizado en Jujuy, dejó planteado el desafío de pensar en un archivo histórico que sistematice y democratice estos intercambios, que los ponga a disposición del público y habilite diálogos intergeneracionales.
En esa línea se inscribe la iniciativa “Archiva Histórica Digital – Encuentros de Mujeres y Diversidades”, impulsada por Fernanda Brigues (@archiva_encuentros_de_mujeres en Instagram). El proyecto se encuentra en etapa de recopilación y digitalización de los discursos de apertura y de las conclusiones de todos los Encuentros realizados hasta la fecha, con la intención de mantener esa archiva viva y actualizada.
Se trata de conservar nuestra memoria colectiva para incluirnos en la historia y narrarla nosotres mismes. También de imaginar un archivo que no aloje únicamente los documentos formales de las comisiones organizadoras, sino que abra espacio a notas personales, registros, fotografías, reflexiones: las múltiples huellas que cada Encuentro deja en quienes participan.
Abrir este debate implica preguntarnos cómo queremos que se escriba nuestra historia y quiénes tendrán acceso a ella.
“A pesar de todo…”
El Encuentro es una experiencia única en el mundo. Las discusiones que allí se dan y las conclusiones que se elaboran no deberían quedar dispersas o invisibilizadas: son insumos para socializar saberes, para fortalecer debates y para nutrir no sólo a los feminismos sino a los movimientos sociales en general. En el Encuentro se ensayan formas de organización, se cocinan estrategias de lucha, se celebran conquistas y se procesan derrotas. Cada une de nosotres vuelve transformade después de un fin de semana largo; pero también se transforma la historia colectiva.
El Encuentro no nació de la nada. Tiene raíces que se hunden en experiencias internacionales que marcaron a una generación de activistas. En 1985, el “Encuentro Internacional de Mujeres” organizado por las Naciones Unidas en Nairobi, en el cierre de la Década de la Mujer (1975-1985), permitió que mujeres argentinas participaran del Foro de Organismos No Gubernamentales y constataran que sus luchas no eran aisladas, sino parte de una trama global de opresiones y resistencias. A su vez, los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe —iniciados a comienzos de los años ochenta, al calor del fin de las dictaduras en la región— ofrecieron una experiencia continental de intercambio que sería el antecedente más directo de nuestra práctica local. De esos espacios vino el impulso: del mundo hacia Argentina. El desafío fue sostener, año tras año, una instancia propia, masiva y federal. Y hoy, cuando contamos nuestra historia, el movimiento también se invierte: llevar la experiencia argentina al mundo es otra forma de inscribirla en esa genealogía internacional que la hizo posible.
Desde hace casi cuarenta años, el Encuentro se realizó ininterrumpidamente, con la única excepción del contexto de pandemia. Ningún gobierno, ninguna crisis económica o política logró frenarlo. Por eso cantamos, con orgullo y desafiantes: “a pesar de todo, les hicimos el Encuentro”. Esa persistencia es, en sí misma, una forma de memoria viva —y quizás la mejor razón para asegurarnos de que también quede escrita.


