¿Se pasaron tres pueblos? O poner en interrogación las certezas del exceso progresista

Abr 13, 2026 | Cultura, Notas

Por Laura Victoria Martínez


El siguiente texto es un adelanto de mi libro ¿Se pasaron tres pueblos? Una lectura crítica de las narrativas sobre diversidad, políticas de identidad y exceso progresista ante el ascenso de la derecha, de próxima publicación por la editorial Nido de Vacas. En estas páginas me propongo discutir los términos que se estabilizaron en el discurso público alrededor de un referente llamado “progresismo”, y que conecta con significados de un contexto social más amplio. De norte a sur circularon narrativas que ordenaron la interpretación del ascenso electoral de las llamadas “nuevas” derechas, y en ellas fueron centrales los significados sobre el exceso y el desvío de expresiones políticas asociadas a los feminismos y antirracismos.

Desde la crisis financiera global de 2008 y los sucesivos triunfos electorales de las denominadas nuevas derechas, en el contexto europeo y norteamericano comenzaron a acumularse narrativas  críticas de las políticas de identidad y la diversidad en un amplio espectro ideológico. Estas tendencias se volvieron especialmente visibles a partir del triunfo electoral de Donald Trump en 2016, en un contexto de crecimiento de activismos y movilizaciones feministas y antirracistas. 

En ese marco se consolidaron ciertas claves de interpretación en el debate político, frecuentes en un género de bibliografía entendido como de “autocrítica de la izquierda” —forjado mirando al Norte global— que no ha dejado de expandirse en los últimos años. Este tipo de intervenciones despliegan una suerte de retroalimentación interpretativa sobre “lo evidente”: una interpelación al supuesto aburguesamiento multiculturalista y feminista de la izquierda que se amplifica con cada avance de la ultraderecha

En combinación con la sospecha hacia la “diversidad”, estas narrativas tendieron a construir los problemas políticos en una clave de retorno nostálgico de una  clase trabajadora supuestamente olvidada frente al protagonismo oficial de las luchas feministas y del multiculturalismo, asociados insistentemente con el neoliberalismo. La responsabilidad por el ascenso de la derecha fue trasladada a un nebuloso campo progresista: una misma bolsa donde entraron y se confundieron partidos políticos, gestiones de gobierno, políticas institucionales delimitadas, militancias y activismos. 

Si bien en el libro menciono algunos puntos de partida para considerar el peso de la digitalización del discurso público en este contexto, mi atención a la replicación de significados sobre el exceso se concentra en dos ángulos específicos. En primer lugar, pienso estas dinámicas a partir de un mapeo amplio de la experiencia social y la vida cotidiana. Esto me lleva a discutir los límites de los contrastes que fabrican, con mayor o menor articulación de apariencia teórica, la oposición progresismo-antiprogresismo, y su traslado a otra polaridad, como feminismo-antifeminismo. 

En segundo lugar, considero este proceso de digitalización como un vehículo de esquemas interpretativos que circulan y se replican en distintos contextos del Norte global y que también aparecen en nuestro país.  Esto implica atender a formatos periodísticos, entrevistas, artículos de opinión, y a la replicación de planteos alojados en libros, artículos y otros textos. 

La figura del exceso se asocia sistemáticamente a referentes que se intercambian como izquierda, progresismo, activismo, y más recientemente, woke. El exceso aparece nombrado entre ironías, autoparodias e interpelaciones, como en la frase replicada en la red social X de Argentina (a quien no puedo asignarle autor seguro): las feministas se pasaron tres pueblos. Pero también, esta figura del exceso se multiplicó en estilos periodísticos o narrativos estadounidenses y del contexto europeo, en formulaciones como ¿los gays han llegado demasiado lejos?.

En Argentina, entiendo que elementos de este género narrativo de autocrítica de la izquierda comenzaron a verbalizarse sobre todo a partir de malestares con la coalición de gobierno liderada por el presidente Alberto Fernández, en un contexto de importante visibilidad de la retórica feminista en el discurso oficial. 

Progresivamente, fui notando algunas recurrencias en el discurso público de referentes, comunicadores, militantes, y me propuse documentarlas como parte de un contexto donde se combinaron la confusión con certezas “dichas al pasar”, pero también planteos y afirmaciones contundentes que pretendían cuestionar la autoridad política de los sujetos colectivos.

No me considero por fuera ni por encima de este estado de desorientación y búsqueda de respuestas. También percibía como paradójicas o contraproducentes algunas lógicas activistas. Pero dudaba de ciertas certezas declaradas, de las disyuntivas planteadas y de las responsabilizaciones simples que circulaban, como la afirmación de que “el progresismo creó un antiprogresismo”

Arrojadas al debate público como llaves explicativas para acceder a una supuesta nueva sensibilidad “popular”, algunas elaboraciones escritas de gran difusión dieron por sentadas estas polaridades como recurso analítico, al mismo tiempo que las utilizaban para explicar la perforación de un más longevo “consenso progresista”

La polaridad progresismo-antiprogresismo se había instalado hacía un tiempo como encuadre de debate político en medios de comunicación con formulaciones de alto impacto en el discurso público, como la de Pablo Stefanoni en su libro publicado en 2021, “¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común y por qué la izquierda debería tomarlo en serio”.   

Emblema de este género de autocrítica de izquierda como vía de acceso a la novedad de la derecha, el autor afirma que “la izquierda dejó de leer a la derecha, mientras que la derecha, al menos la “alternativa”, lee, discute e intenta confrontar con la izquierda”. Sin embargo, lo que en su texto se nombra como izquierda luego se va especificando hacia otras expresiones, como feminismos y políticas institucionales contra la discriminación. 

No quiero reducir la cuestión a que los bordes entre autocrítica y simple crítica resultan difusos. Lo que me interesa es discutir qué supone y qué ofrece esta perspectiva en términos de conocimiento de lo social. 

Fundamento que, a través de una cadena de equivalencias discursivas, se construye  narrativamente el “progresismo” como una categoría de pretensión analítica no apoyada en referentes empíricos estables, y que, al mismo tiempo,  distorsiona y deshistoriza la comprensión de aquellos que sí se nombran o especifican. Lo que discuto no es solamente el modo en que se abordan estos fenómenos sino la confusión que el propio texto promueve, -del mismo modo que otros exponentes de esta narrativa- sobre expresiones políticas a las que se supone conocer aunque sin mayor interés por sus genealogías específicas, los distintos niveles de análisis o el origen de políticas situadas. 

En la introducción, Stefanoni sostiene que la retórica provocadora de las derechas se explica en parte por su habilidad para producir  confusión, teorías conspirativas, y otros recursos similares. Pero también la vincula con el hecho de que el progresismo se quedó cómodo dando su batalla en la cultura en sus zonas de confort morales y en su adaptación al capitalismo más hípster. En una entrevista por la presentación de su libro, especificaba además que el progresismo se quedó cómodo hablando en lenguaje de género

Lo que el autor describía entonces como un tópico derechista relativamente marginal  –hablar mal del feminismo en televisión– pocos años después se expresa en un escenario bastante diferente. Ante el triple femicidio de Brenda, Morena y Lara en octubre de 2025 la entonces Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, afirmó que el feminismo pisoteó a los hombres y eso generó que la violencia les vuelva en contra a todas las mujeres.  

La tesis de complementariedad entre exceso político activista y reacción constituye una premisa replicada en la producción ensayística de todo el espectro político. En algunos casos aparece formulada de manera explícita; en otros, como una consecuencia de las narrativas que buscaron nombrar esos conflictos, por ejemplo a través de la polaridad entre progresismo y antiprogresismo. 

En el libro, en cambio, izquierda y derecha no se consideran términos transparentes y obvios sino como usos de repertorios políticos: identificaciones que se construyen sobre otros/as y/o como autoidentificaciones. “Progresismo”, del mismo modo, es entendido como una categoría social y no como una categoría analítica. 

La acumulación reaccionaria en el espacio digital suele señalarse como un punto de acuerdo para comprender la llamada manósfera, una esfera digital masculina centrada en la reproducción de discursos misóginos y antifeministas. Este fenómeno es considerado y abordado con atención en el libro de Stefanoni.

Sin embargo,  en el contexto argentino en particular, Danila Suárez Tomé y Natalí Incaminato han señalado la persistente subestimación de las perspectivas teóricas feministas en la comprensión política de este proceso como reacción. Mi propuesta para participar de este debate es discutir la fabricación narrativa de la polaridad progresismo-antiprogresismo y su traslado al par feminismo-antifeminismo como forma de caracterizar el orden social, una caracterización que deriva necesariamente, aunque no la nombre, en una figura de exceso

Desde la discusión feminista, la idea del hombre herido y postergado aparece como resultado de una instrumentalización; se afirma que las apelaciones de las derechas activan una posición compensatoria frente a las pérdidas y ansiedades generadas por el neoliberalismo, mediante la interpelación a los “hombres heridos” y la promesa de restituirles  una agencia en declive. 

Esto no equivale a suponer que la ficción reguladora del “hombre herido” describa vivencias y subjetividades masculinas concretas. La relación entre ambos niveles de análisis debe fundamentarse empírica y situadamente.  

Del mismo modo, al narrar las políticas de identidad en los campus norteamericanos, el texto encadena argumentativamente tres elementos distintos: primero, una reflexión teórica descontextualizada (los significados de la victimización en horizontes categoriales llamados progresistas); segundo, se encaja esta presunción teórica a un fenómeno empírico que parecería coincidir por utilizar un lenguaje de afectación emocional (las microagresiones sobre la justicia racial como enfoque); y, tercero, una postulación que, en lugar de complejizar los supuestos iniciales, los reafirma (las microagresiones son elevadas como tipo ideal de causas políticas cuya densidad histórica y social se desconocen u omiten en el texto, como los feminismos y antirracismos). 

Esto conduce, por ejemplo, a una conclusión engañosa sobre el victimismo como simple modalidad de un horizonte de izquierda, cuando en el debate teórico y académico se lo analiza como parte de las ficciones reguladoras de la diversidad legítima dentro de racionalidades neoliberales. 

Stefanoni resume una coyuntura dominada por importantes tensiones como los avances del feminismo. Sin embargo, éstos se presentan dentro de un mapeo que supone relaciones causales entre la visibilidad feminista y la reacción misógina. Mientras las prácticas (predominantemente) masculinas en los foros virtuales de creciente violencia digital se describen en mirada “horizontal”, centrada en la agencia y la subjetividad de los usuarios, aquello que se nombra para contextualizar la radicalizacion masculinista aparece de manera superficial y “hacia arriba”: un auge identificado en la visibilidad pública de los discursos y activismos, o en el destape de violencias en la industria audiovisual a partir del Me Too. 

Este recorte en lo observable también revela supuestos instrumentalistas lineales que dan por sentados los cambios normativos y políticos formales como “avances” sociales. 

El feminismo como “auge” y como sinónimo de la categoría social “progresismo” configura así un mapeo vertical que da por sentadas muchas cosas sobre el orden social, a partir de aparentes coincidencias entre discursos estatales, activistas y de millonarias famosas. Al mismo tiempo, este prisma pasa rápidamente por las relaciones horizontales en espacios comunes: universidades, escuelas, ámbitos laborales, espacios de militancia y también, hogares. 

Lo que interesa aquí no es sólo lo que una narrativa construye argumentativamente, sino también las premisas que la sostienen. No tanto lo evidente de un discurso, sino su relación con lo no evidente. En el subsuelo de esta narrativa, de gran replicación social, detecto un contraste de sentido común que fabrica lo que presuntamente describe. 

Un conflicto narrado entre varones resentidos en habitaciones oscuras y un supuesto apogeo feminista con luces e instituciones a disposición produce un tipo de caracterización que inevitablemente deriva en la figura de exceso. Esto ocurre porque la narración omite integrar los conflictos en una explicación más amplia del orden social y de sus tensiones y desigualdades concretas. 

Por eso me pregunto si el autor, del mismo modo que cuando describe “los islotes progresistas” universitarios norteamericanos (generalizados sin mayor esfuerzo de contextualización), presupone un retrato armónico interrumpido, sea para bien o para mal, por las oleadas activistas: un desborde del islote de las conquistas logradas, un exceso.  

Sin embargo, un mapeo horizontal que incorpore la vida cotidiana permitiría situar los discursos del exceso en sus contextos de producción: en el libro analizo la forma en que académicos cuestionan a estudiantes con quienes conviven en un espacio contencioso común, o a intelectuales que desautorizan con el rótulo de posmodernas o feministas neoliberales las posiciones e iniciativas feministas. Supone una suerte de trampolín narrativo sin mediaciones que se desliza de la crítica a los partidos y gestiones feministas en las instituciones, hacia afirmaciones con pretensión teórica sobre la futilidad del género como categoría teórica y política. 

El éxito del ascendente retórico de la derecha depende de un marco social más amplio de reacciones y disputas narrativas frente a conflictos en expansión,  complejidad a la cual no podemos acceder mediante la fabricación narrativa que opone progresismo y antiprogresismo.

Al avanzar el libro, me concentro en los significados sobre los conflictos a los que el texto de Stefanoni alude superficialmente, y me detengo en el contexto norteamericano para explorar lo que se afirma sobre las universidades desde una perspectiva histórica y situada.

Recuerdo que la tesis de las adhesiones populares a las expresiones políticamente incorrectas también supone que vehiculizan el malestar social de mayorías postergadas. Esto ha estabilizado la imagen de un movimiento espontáneo desde abajo hacia arriba, contra las reivindicaciones activistas de la diversidad o los presuntamente acomodados universitarios. Sin embargo, en mi recorrido elaboro cómo la estabilización de la figura del exceso es indisociable de innumerables producciones editoriales, artículos de prensa, intervenciones públicas de políticos e intelectuales que expandieron claves explicativas exitosas como reclasificación social de conflictos en los campus universitarios o por fuera de ellos, y los regímenes de visibilidad de las conexiones entre ambos fenómenos. 

El progresivo ascendente discursivo y político de la derecha (en el caso que analizo, trumpista), sus léxicos y repertorios de ofensiva simbólica, son indisociables del despliegue de reacciones dentro de las propias “élites” mediáticas, académicas y empresariales, su intervención sistemática en la producción de categorías de interpretación de los conflictos. También considero la confluencia paradójica de discursos de apariencia teórica cuyo tono de crítica contiene y difunde -al igual que las posiciones de ofensiva abierta identificadas en la derecha- importantes confusiones sobre las políticas de identidad o la diversidad. Por esto, el libro busca subrayar la forma en que la figura del exceso fue activamente construida en narrativas de crítica intelectual a feminismos y antirracismos, en contextos de reconfiguraciones de su visibilidad como emergentes racionalidades políticas.  

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