Quédate quieta, Antígona.
Son de los mismos. Quédate quieta. No grites. No
pienses. No busques. Son de los mismos. Quédate
quieta, Antígona. No persigas lo imposible.
Sara Uribe, Antígona González (2019)
Por Luciana Kirjner
En este aniversario de la primera ronda de Madres de Plaza de Mayo, y a 50 años del golpe de Estado que dio lugar a la última dictadura en la Argentina, salimos de la inmediatez abrumadora de las redes sociales para recuperar la historia de las que nos enseñaron a luchar.
Las transformaciones estructurales iniciadas por la dictadura no quedaron en el pasado: perduraron en las disputas por los sentidos de lo ocurrido y hasta en el salario que nunca volvió a los niveles que había logrado en la antesala del golpe de Estado. Hoy en día, cuando el neoliberalismo que se instaló en la dictadura se despliega en su versión más descarnada, sus prácticas económicas vienen acompañadas de discursos que reivindican abiertamente aquel terror: una época sobre la que el actual gobierno se apoya para sus políticas de desmantelamiento del Estado. Frente al terror que divide e inmoviliza, y un modelo económico y político que trata la vida de las mayorías como algo descartable, las Madres y Abuelas construyen resistencia colectiva.
Un modelo que precariza la vida
A pesar de la dificultad para definir unívocamente al neoliberalismo, Wendy Brown (2020) destaca una serie de medidas económicas específicas, como la desregulación del capital, el ataque a la igualdad, la demonización del Estado social y la desarticulación de la organización de lxs trabajadorxs, que se ligan a una nueva racionalidad político-económica de mercado. Separa la idea de libertad de la de democracia, para promover una «libertad económica», que puede convivir con el autoritarismo.
La última dictadura en Argentina llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de personas para sofocar y desarticular la organización militante, principalmente obrera, intelectual y estudiantil, en pos de este nuevo modelo económico. La desaparición forzada fue la máxima expresión de una tecnología de poder orientada a reorganizar las relaciones sociales como plantea Feierstein (2007), destruyendo las formas colectivas de sociabilidad e instalando un orden social ordenado por el terror. Desarticular lo social apunta a generar una sociedad cada vez más antidemocrática, e insensible a los problemas de los demás, dispuesta a aceptar un Estado más autoritario, en nombre de una sociedad de «individuos libres responsabilizados», como expone Brown (2020).
Como sujetos sociales, compartimos una cierta vulnerabilidad o precariedad, que tiene que ver con la interdependencia humana. La violencia y el silenciamiento son formas de extremar y perpetuar la vulnerabilidad. Judith Butler (2009) habla de «vidas precarias» para pensar cómo en el neoliberalismo hay vidas que parecen ser más valiosas que otras: vidas que merecen vivir, así como muertes que merecen ser lloradas, y otras que no.
El mensaje se repite: puede pasarle a cualquiera. Se justifica así la militarización, la violencia contra ese «enemigo común». El terror inmoviliza, y se vuelve más difícil involucrarse, exponerse y animarse a luchar contra las imposiciones del modelo. Esto funciona, primero, desde el nivel del discurso: ciertas vidas no son consideradas vidas, no pueden ser humanizadas. Luego, brota la violencia física, portadora del mensaje de deshumanización que ya está funcionando en la cultura.
Como se evidencia en la narrativa de la «teoría de los dos demonios», con la excusa del peligro del enemigo para el territorio nacional, los Estados desenvuelven sus aparatos de guerra, a partir de la operación de generar una equivalencia entre lxs desaparecidxs y el mal. «Lo que está privado de rostro o cuyo rostro se nos presenta como el símbolo del mal, nos autoriza a volvernos insensibles ante las vidas que hemos eliminado y cuyo duelo resulta indefinidamente postergado» (Butler, 2009:21). Así, el mal no tiene rostro, se deshumaniza. Vidas que no importan, muertes que no merecen ser lloradas.
Mujeres que buscan
A poco tiempo de iniciada la dictadura, y mucho antes de saberse la magnitud y sistematicidad de lo que estaba sucediendo, empezaron a cruzarse mujeres que buscaban a sus desaparecidxs. Madres y abuelas se reconocieron en comisarías, fiscalías y hospitales. Ante la ausencia de respuesta estatal, comenzaron a organizarse. Reclamaban la aparición con vida de sus hijos e hijas así como de los nietos y nietas nacidxs en cautiverio. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo salieron a buscar cuando era peligroso y varias de ellas también fueron desaparecidas. Lograron difusión internacional de lo que estaba pasando en Argentina y alianzas con científicxs y medios internacionales para mejorar la búsqueda.
¿Cómo fue posible reivindicar estas vidas, mientras el discurso oficial intentaba demostrar que las cosas malas le suceden a quien se las merece, a quienes en algo estaban metidxs? En los contextos en que reina un clima de miedo disciplinador, que dificulta la acción y la posibilidad de conectar esas vidas precarias en la vulnerabilidad compartida, es donde se vuelve central el trabajo incansable de las mujeres que buscan. Mientras lxs desaparecidxs no tuvieran rostro, se les otorgaba el rostro del mal; con su búsqueda, inicia también la búsqueda de sus identidades perdidas y se rompe esa polarización devolviéndoles humanidad: son hijos, hermanas, amigos, compañeras. Dejan de ser espectros para convertirse en vidas precarias, interdependientes, y así vuelven a ser parte de un nosotrxs. Siguiendo con Butler, «ciertos rostros deben ser admitidos en la vida pública, deben ser vistos y escuchados para poder captar un sentido más profundo del valor de la vida, de toda vida» (2009:21).
¿Por qué sólo “madres” y “abuelas” ? Para explicar el accionar de las mujeres, se suele asociar el ‘instinto materno’ al impulso de las Madres de Plaza de Mayo, como una extensión casi espontánea del cuidado. Esta interpretación que parece darle cierta mística, termina por esencializar algo más valioso: la transformación del mandato en acción política.
Las propias mujeres que buscan tuvieron que enfrentar la condición de vidas precarias, encarnando a ese Otrx que no es visibilizadx como actor políticx (mujeres pobres y amas de casa). Su precariedad se expresa, primero, al ser criminalizadas a la par de sus desaparecidxs, con quienes comparten contexto económico y social y, luego, como grupos de choque o desestabilizadoras de las verdades históricas. Cuando las mujeres buscan a sus desaparecidxs, desafían el silencio y la categoría impuesta en ellas mismas, la estigmatización de esas vidas.
El cuidado como reconstrucción de lo social
Tanto en el caso de las Madres, como en el de las Abuelas, vemos un primer movimiento que desafía el mandato de la buena mujer: la irrupción en el espacio público, sin correrse de la posición subjetiva de la maternidad. Las rondas de las Madres se llevan adelante en Plaza de Mayo, el centro histórico de las demandas sociales de nuestro país. Su organización parte de la vulnerabilidad compartida, politizando el cuidado y transformándolo en una responsabilidad colectiva, desafiando el terror individualizador de la dictadura, recuperando lo social que el modelo neoliberal busca desarticular. No van a confirmar la muerte, salen a buscar justicia, y desde la idea de justicia se encarna una emoción esperanzada.
A su vez, no es casual que las mujeres que buscan sean históricamente quienes cuidan. Su acción sale desde el lugar del cuidado, pero muta del cuidado de sus seres queridos particulares para el de todxs lxs desaparecidxs, reconectando esas vidas precarias, resubjetivizándolas, politizándolas y disputando el sentido de lo social: «elaborar el duelo y transformar el dolor en un recurso político no significa resignarse a la inacción» (Butler, 2009:57), sino que es un principio que nos reconoce en la vulnerabilidad compartida y activa la lucha por protegernos de la violencia. Al enfrentarse al poder del terror desarticulador, nos están cuidando a todxs. Su historia personal es trascendida para volverse una historia colectiva.
“La política del Estado, incluida la política exterior, pretende a menudo impedir que la esfera pública quede abierta a ciertas formas de debate y de circulación mediática. Un modo de lograr una comprensión hegemónica de la política es por medio de la delimitación de lo que es y no es admisible como parte de la esfera pública” (Butler, 2009:22). Como vimos, los colectivos de mujeres que buscan a sus desaparecidos traen a la esfera pública eso que no es admisible, con lo cual marcan el camino a seguir en la configuración de las discusiones y exigencias políticas. Pero, ¿cómo es que su búsqueda se convierte en una lucha social? ¿Cómo trascender el lazo familiar como criterio de relevancia de la búsqueda de justicia? ¿Cómo poner en marcha la reivindicación más allá de si nos afecta personalmente? ¿Cómo resolver las problemáticas que necesitan la intervención y voluntad del Estado para encontrar respuesta? ¿Qué podemos aprender como sociedad de los colectivos de búsqueda para abrazar las demandas de justicia, reparación y memoria?, y sobre todo ¿cómo volver a encontrarnos colectivamente?
Contra la precarización, cuidados colectivos
El desarrollo del neoliberalismo trajo un desmantelamiento de lo social que implica una exacerbación de la individualidad, desconfianza en lx Otrx y deslegitimación de la democracia. Como consecuencia de la profundización del modelo, la desvalorización del cuidado permitió al capital desentenderse de la vulnerabilidad humana, para priorizar la acumulación, agudizando el conflicto estructural entre el proceso de acumulación de capital y la sostenibilidad de la vida como plantea Amaia Pérez Orozco (2013).
Podemos verlo desde la narrativa de la meritocracia, que siempre oculta las condiciones desiguales y hoy en día es aún más exagerada en el imperativo de ganar plata “fácil y rápido” hasta en el corrimiento del Estado de áreas como salud, educación o protección social. En el presente se profundiza la individualización del riesgo y cada unx es responsabilizadx por su éxito o fracaso, ignorando las redes de interdependencia y cuidados que los posibilitan.
Bajo la lógica de acumulación, el cuidado suele organizarse como una obligación que recae sobre las mujeres en el ámbito privado, siendo funcional al capital porque permanece invisible y despolitizada en los hogares.
En un presente en que esto se acentúa, vemos emerger grupos y representantes que promueven entre la ciudadanía discursos de odio, discriminatorios y violentos. El terror en los gobiernos democráticos neoliberales se organiza como un gobierno a través de la inseguridad (Lorey, 2016), que implica una exacerbación de la precarización y un mínimo de aseguramiento social, volviendo a los sujetos gobernables a través de la angustia y la incertidumbre. En consonancia, la atomización y fragmentación implican una creciente indiferencia respecto de ese otrx y una tendencia mayoritaria a la inacción o la sensación de imposibilidad de actuar.
Las luchas de las mujeres que buscan a sus desaparecidxs siguen vigentes, generando esperanza y justicia: convierten una problemática individual en una causa colectiva, enlazando las experiencias personales al recuperar los rostros de nuestros muertos. A lo largo del tiempo, las Madres y Abuelas se convirtieron en referencia para otros grupos de mujeres que buscan, articulados a través del continente. Esto no es casual: todas ellas disputan el discurso del terror y reivindican las vidas que parecen no valer la pena, reactivando lo social como arena de lucha política para el pueblo, al salir de la lógica individualista y privatizada del cuidado. Para actualizar este reclamo como sociedad es necesario poner en escena la vulnerabilidad compartida y tomar el cuidado como una ética (Batthyány, 2020) que trascienda el mandato femenino y rechace que esa precariedad sea usada como una forma de explotación o como fuente de terror. Al asumir esa condición como punto de partida, buscamos valorizar la interdependencia para interrumpir la lógica del beneficio. El ejercicio de buscar, de preguntar, de recorrer la propia historia es una forma de ver qué tanto compartimos, qué tanto lo que nos afecta, los afectos, son organizadores de lo colectivo, capaces de generar comunidad en medio de tanta injusticia.
Bibliografía
Batthyány, K. (coord.). (2020). Miradas latinoamericanas a los cuidados. CLACSO; Siglo XXI Editores. https://www.clacso.org/wp-content/uploads/2020/12/Miradas-latinoamericana.pdf
Brown, W. (2020). “La sociedad debe ser desmantelada” en En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas anti-democráticas en Occidente. Buenos Aires: Tinta Limón.
Butler, J. (2010). “Capacidad de supervivencia, vulnerabilidad, afecto” en Marcos de guerra. Buenos Aires: Paidós.
Butler, J. (2009). “Violencia, duelo, política” en Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.
Feierstein, D. 2007. El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina. Fondo de Cultura Económica.
Lorey, I. (2016). Estado de inseguridad: Gobernar la precariedad. Madrid: Traficantes de Sueños.
Pérez Orozco, A. (2013). La sostenibilidad de la vida en el centro… ¿y eso qué significa? . IV Jornadas de Economía Feminista, Carmona, España.

