Lo digital es político: la IA y la disputa feminista

Mar 4, 2026 | Feminismos, Notas

Por Carmín Rios Fukelman

Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, la expansión de la inteligencia artificial dejó de ser una promesa futurista para convertirse en infraestructura cotidiana. Plataformas de generación de texto, imágenes y voz se integraron en el trabajo, la educación, el entretenimiento y la comunicación interpersonal, se consolidó así un nuevo ecosistema tecnológico que reconfigura no sólo la economía, la política y la cultura sino también las formas de relación social. El despliegue de ésta tecnología no es neutral, la IA reproduce y amplifica muchas de las desigualdades estructurales, como las de género. Bajo la promesa de innovación y modernización, la IA abrió una nueva fase de violencia sexual digital y de mercantilización de la femeneidad.

La proliferación de deepfakes pornográficos, la creación de “novias” artificiales personalizables y una facilidad sorprendente para generar contenido erótico on-demand ya son parte del entramado digital. No se trata de efectos secundarios inevitables del progreso técnico, ni de desvíos individuales aislados: expresan una reorganización más amplia del disciplinamiento de los cuerpos femeninos bajo el capitalismo en su cara digital. Por lo tanto, la pregunta no debe limitarse a regulaciones. La pregunta es, más bien, política: ¿qué proyecto político y económico organiza los usos tecnológicos?;  ¿qué imaginarios de lo femenino se produce en este proceso?

 

La caza de brujas en tiempos de IA

 

Las plataformas digitales no solo organizan cómo circula la información y cómo se gana dinero con ella. También influyen en cómo pensamos, cómo nos vinculamos y qué ideas se vuelven normales. En ese terreno, durante la última década se profundizó una ofensiva antifeminista de alcance global, articulada con comunidades digitales reaccionarias. Se configuró así la famosa “batalla cultural” y la lucha contra la “ideología de género”: una articulación ideológica que condensa antifeminismo, oposición a derechos sexuales y reproductivos y anticomunismo. Parte de esta narrativa encuentra eco en figuras centrales del capitalismo tecnológico contemporáneo. Referentes de las mega corporaciones digitales han instalado diagnósticos que vinculan el estancamiento económico, la pérdida de innovación y la “crisis civilizatoria” con la llamada feminización de la sociedad. Elon Musk ha sostenido públicamente definiciones biologicistas del género, reduciendo la condición femenina a la posesión de un útero, mientras que Peter Thiel ha sugerido que el reemplazo de varones arriesgados por perfiles asociados a la diversidad y la inclusión produciría una sociedad menos innovadora.

El señalamiento del feminismo como amenaza no es meramente cultural, es también político. Tiene sentido: los movimientos feministas proponen alternativas a la lógica del “sálvese quien pueda” y revelan que el ajuste, la precarización y la concentración de la riqueza son condiciones estructurales de un modelo que históricamente ha dependido del trabajo reproductivo no remunerado. Es precisamente esa capacidad de imaginar un mundo diferente lo que vuelve al feminismo una amenaza. 

El control sobre los cuerpos de las mujeres no es nuevo, es una dimensión constitutiva de nuestra  historia. En El Calibán y la Bruja, la filósofa Silvia Federici explica que el paso del feudalismo al capitalismo no fue solo una cuestión de apropiación de tierras comunes y colonización, sino que también implicó un cambio profundo en el lugar de las mujeres dentro de la naciente sociedad. Para que el nuevo sistema funcionara, fue necesario reorganizar la reproducción social (decidir quién cuida, cocina y cría a la masa de trabajadores necesaria para que cumplieran con la jornada de trabajo en las fábricas). Así, se consolidó una división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al ámbito doméstico y convirtió esas tareas de cuidado en trabajo no remunerado ni reconocido. 

En ese contexto tuvo lugar la llamada ”caza de brujas”, una persecución masiva que, entre los siglos XV y XVII en Europa, llevó a la tortura y asesinato de miles de mujeres acusadas de brujería. Muchas de esas mujeres eran curanderas, parteras o conocedoras sobre el cuerpo, la sexualidad y la reproducción. Según Federici, esa persecución funcionó como una forma de disciplinamiento, porque castigaba a quienes tenían autonomía y enviaba un mensaje intimidante al resto. Los conocimientos de las “brujas” fueron desplazados y apropiados por una medicina cada vez más controlada por varones, y se fue imponiendo un nuevo modelo de mujer necesario para el modo de producción capitalista: recluida en el hogar y dedicada al trabajo de cuidado no remunerado. 

En este marco, en cada fase del capitalismo se organiza esa relación entre producción y reproducción, redefiniendo cómo  se controla, explota o reconfigura el trabajo reproductivo. Hoy esa organización adopta nuevas formas bajo la infraestructura del capitalismo digital, donde el conocimiento, la información y los datos se convierten en fuentes  de valor. Este régimen, conceptualizado también como capitalismo informacional o de plataformas, está marcado por la centralidad de las tecnologías digitales y la creciente relevancia de los bienes informacionales, una reconfiguración de las dinámicas productivas, y las formas de subjetivación.

Lejos de ser una innovación técnica neutral, la IA profundiza la lógica del capitalismo digital al concentrar infraestructuras, datos y capacidades de decisión en un número reducido de corporaciones y Estados. Al mismo tiempo, amplifica la capacidad de modelar comportamientos, segmentar audiencias y administrar afectos, consolidándose como una tecnología de gobierno que interviene tanto en la acumulación de capital como en la producción de subjetividades.

La tecnología actúa como un espacio donde se materializan y disputan  tensiones políticas en un contexto de contraofensiva feminista. Las infraestructuras digitales (re)producen imaginarios, moldean deseos y normalizan jerarquías. La inteligencia artificial, en particular, se convierte en un nuevo laboratorio de disciplinamiento: allí  se (re)producen versiones tecnológicamente administradas de lo femenino que reafirmen la disponibilidad, la docilidad y la obediencia como ideales deseables. Y ese laboratorio ya está funcionando.

 

El deepfake como tecnología de disciplinamiento

 

La generación de deepfakes —imágenes y videos hiperrealistas producidos con IA capaces de imitar rostro y voz— creció de manera exponencial en los últimos años. Si bien estas tecnologías pueden emplearse para fraude financiero o desinformación electoral, la evidencia disponible muestra que la inmensa mayoría del contenido corresponde a pornografía no consentida y que las víctimas son, en casi un 90%, mujeres.  La agresión la ejecutan varones con motivaciones diversas —venganza, control, engagement en las redes sociales y performatividad de masculinidad hegemónica—. La extensión del accionar es preocupante y demuestran que los deepfakes se han convertido en un arma de violencia de género masiva.

El impacto no se agota en el daño psicológico individual, aunque éste sea profundo y persistente, incluyendo trauma, deterioro de la salud mental y física y dificultad para relacionarse. El deepfake opera como tecnología de disciplinamiento social. Por eso, el ensañamiento es con políticas, periodistas, activistas, referentes feministas. Las principales víctimas son mujeres con visibilidad, cuya autoridad se intenta socavar mediante la sexualización forzada. La exposición se convierte en vulnerabilidad permanente, buscando reducir la intervención política.

El caso de la periodista Julia Mengolini, cuya imagen fue utilizada en un deepfake que luego circuló masivamente y fue amplificado desde la cuenta oficial del presidente, muestra cómo la violencia digital deja de ser un desborde privado para integrarse en estrategias más amplias de disputa política. En un contexto de ofensiva antifeminista, la sexualización forzada funciona como mecanismo de expulsión; participar del debate público tiene un costo diferencial para las mujeres.

 

Mercantilización de la intimidad y el imaginario de la mujer dócil

 

El disciplinamiento no opera únicamente a través del (potencial) castigo, también se articula mediante la (re)producción y normalización de subjetividades e imaginarios. La inteligencia artificial no sólo habilitó nuevas formas de violencia digital, también  abrió un mercado creciente de consumo erótico y sexual on-demand. La oferta es amplia y diversificada: contenido generado con IA y distribuido en sitios pornográficos masivos, plataformas que permiten crear pornografía personalizada a partir de prompts, espacios exclusivos de “erotismo sintético” y aplicaciones que combinan contenido sexual con acompañamiento emocional artificial.

Algunas de estas plataformas se presentan incluso como una supuesta superación de la violencia sexual digital. Desarrolladores de “novias IA” argumentan que su modelo sería preferible a la industria del webcam, donde mujeres reales interactúan con clientes y pueden sufrir explotación o abusos. Las modelos artificiales, según estos hombres, eliminarían el riesgo de coerción, simplemente, porque no son personas. La ”solución” no cuestiona las expectativas de dominación, disponibilidad y consumo que sostienen la violencia sexual, ni propone regulaciones integrales que transformen las condiciones estructurales del problema. Por el contrario, el argumento revela su propia matriz: las performers virtuales serían ventajosas porque no se enferman, no necesitan descanso, no se agotan, no exigen límites ni denuncian humillaciones. La eliminación de la mujer real elimina también la posibilidad de conflicto, negociación o consentimiento.

Las “novias IA” ofrecen compañía personalizada, intimidad y una sensación de conexión emocional con avatares antropomórficos a cambio de suscripciones mensuales. Entre 2022 y 2025, las aplicaciones de acompañamiento basadas en IA crecieron alrededor de un 700 % y hoy atraen a millones de usuarios que buscan mitigar la soledad. La personalización total es parte del atractivo, el usuario puede definir rasgos físicos como color de ojos, edad —muchas veces, se incluyen representaciones de menores de edad—. La personalidad también es adaptable a demanda de los suscriptores: sumisa, ingenua o cuidadora, son algunas de las opciones. Una mujer on-demand.

Los investigadores especialistas en tecnología e inteligencia artificial James Muldoon y Jul Jeonghyun Parke advierten que el modelo de acompañamiento emocional IA está basado en la mercantilización de los afectos, en particular, de la soledad. Describen este negocio como una “compañía cruel”, al estar basada en una paradoja interacción–bienestar: las aplicaciones prometen aliviar la soledad, pero su rentabilidad depende de maximizar la dependencia emocional y la permanencia del usuario. Cuanto mayor es el vínculo afectivo con el avatar artificial, mayor su valor como fuente de datos y consumo premium.

En paralelo, estas tecnologías consolidan un imaginario de feminidad caracterizado por disponibilidad absoluta y ausencia de conflicto. Si un usuario se acostumbra a interactuar con una “compañera” que nunca contradice, nunca se cansa, nunca pone límites, se normaliza la expectativa de una pareja femenina siempre complaciente, emocionalmente servicial y sin límites. Este imaginario está presente desde los comienzos de los sistemas comerciales basados en IA. Asistentes como Siri o Alexa tienen voces femeninas y responden de forma servicial y automática, asociando lo femenino con el cuidado y la subordinación. La IA generativa profundiza el sesgo, al exagerar la personalización y explotar la individualización del consumo.

El resultado va mucho más allá que un nuevo nicho del mercado sexual digital. Lo que se consolida es una fantasía de feminidad dócil, adaptable y programable. En un contexto donde muchos varones sienten que pierden privilegios y certezas en medio de la precarización de la vida, estas tecnologías ofrecen una compensación: mujeres hechas a medida, siempre disponibles y sin capacidad de decir que no.  Consumir mujeres “artificiales” a demanda no es neutral. Naturaliza una idea de feminidad sin consentimiento ni conflicto.

 

Imaginar el futuro, disputar el presente

 

El avance tecnológico, que alguna vez imaginamos como una herramienta para reducir las jornadas laborales, encontrar la cura del cáncer, habilitar formas de producción respetuosas con la naturaleza o, sencillamente, acercarnos unxs a otrxs, hoy está al servicio de la generación de valor para multimillonarios de Silicon Valley que fantasean con colonizar Marte. ¿Este es el futuro que queremos? 

En un contexto en el que estamos atravesadxs por la soledad y la precarización, las plataformas digitales ofrecen soluciones individuales a problemas estructurales. La individualización y la mediación constante de aplicaciones que lucran con nuestras interacciones, con nuestro deseo, con nuestras angustias y con nuestra sexualidad expanden la mercantilización de la vida íntima. 

El despliegue de la inteligencia artificial suele presentarse como destino inevitable, como expresión lineal del progreso técnico. Pero cuando las plataformas permiten desnudar digitalmente a una compañera de escuela con un clic o generar parejas artificiales que simulan obediencia incondicional, no estamos ante un avance técnico sino ante un régimen de acumulación que encuentra en nuestros cuerpos una nueva frontera de extracción simbólica y económica. 

Frente a esta ofensiva corporativa y extractiva que presenta la inteligencia artificial como destino inevitable, también se organizan iniciativas que proponen una contrahegemonía tecnológica. Son muchas las iniciativas en torno a una IA feminista que proponen reimaginar todo el ciclo de vida de la IA con criterios de justicia social, sostenibilidad y soberanía regional, inscribiendo la perspectiva de género desde su concepción misma. Iniciativas como el Ecofemibot, que fiscaliza discursos de odio en las redes sociales, o AymurAI, que integra IA en el procesamiento y anonimización de documentos judiciales, proponen usos colectivos y disputan quién y con qué fines se desarrollan las tecnologías. La perspectiva feminista de la tecnología también dialoga con las luchas de trabajadores y trabajadoras que sostienen la infraestructura invisible de la IA —clasificando datos, filtrando contenidos violentos, entrenando algoritmos por salarios ínfimos— y que ponen en evidencia que detrás del mito de la automatización hay trabajo precarizado y cuerpos expuestos. 

No se trata de rechazar la tecnología, sino de reapropiarla. Disputar la tecnología implica disputar sus usos, sus sentidos y sus límites. Exigir regulaciones integrales, transparencia de los algoritmos, supervisión pública, y equipos de desarrollo con perspectiva de género. Pero también reconocer que regular no alcanza si no democratizamos el poder de decisión. La cuestión no es sólo bajo qué reglas funcionan los modelos de inteligencia artificial, sino quién decide para qué se usan y bajo qué forma de organización social. Regular estos desarrollos es imprescindible, pero insuficiente si no se democratiza el poder de decisión sobre su orientación.

Nos quieren hacer creer que la visión de los Elon Musk es el único futuro posible, pero confundir poder con destino es un error. No estamos ante un destino tecnológico ineludible, sino ante una disputa política. Otros futuros y horizontes son posibles e imaginarlos exige desindividualizar los problemas y socializar las soluciones. Exige pensar nuevas formas de organizar la economía, de planificar colectivamente, de recuperar tiempo para el cuidado y el encuentro colectivo. 

El futuro no está escrito, lo estamos escribiendo.

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