Hace 50 años, la dictadura militar-empresarial-eclesiástica irrumpió en Argentina para imponer un modelo económico. No fue solo represión: fue un plan que se llevó adelante a través del terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad.
En ese momento, el mundo empezaba a reorganizarse en torno a la deuda como forma de sostener el sistema. Pero en Argentina, el sindicalismo combativo había logrado algo distinto: el salario real de quienes trabajamos estaba entre los más altos de América Latina. Esa misma generación de quienes lucharon no solo defendía sus condiciones de vida, también peleaba por transformar el mundo, por construir una sociedad más justa. Todo eso fue lo que la dictadura vino a destruir.
Desde 1976, el salario cayó abruptamente. Y ese techo histórico nunca volvió a alcanzarse, ni siquiera en los mejores momentos posteriores. Lo que la dictadura se llevó no fue solo a nuestros compañeros detenidos y desaparecidos. También se llevó una forma de vivir, y condiciones materiales que todavía hoy no pudimos recuperar.
50 años después, bajo el gobierno de Milei, ese mismo rumbo vuelve a profundizarse: se deterioran nuestros derechos laborales, se limita el derecho a la protesta, se vuelve a apostar al endeudamiento y a un modelo económico que desindustrializa y primariza el país. Un modelo que, como entonces, beneficia a los mismos sectores de siempre.
Por eso, recordar no es solo mirar al pasado. Es entender el presente y defender nuestro futuro.

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Porque la memoria también se construye en las calles, en las paredes, en las aulas y en cada espacio donde podamos disputar sentido.
